En mi defensa, decir que tenía cita con mi barbero el sábado a las seis de la tarde, y que la inesperada visita del MRRVI/93, también conocido como el Legionario o la Tortuga Veloz (esto último que quede entre nosotros), hizo que me perdiera en obligaciones hacia ellos, descuidando mi imagen céfalo-capilar. Sobretodo por ella; Juana María de la Victoria, que si es por él, Marcos a secas, duerme en el coche. No que ahora, heme aquí con esos pelos. ¡Qué horror! Que uno es filibustero pero…., coqueto. ¡Que conste!
El hábito no hace al monje, don Rafa. Las apariencias engañan, créame usted.

He asistido a ponencias de Eduardo Bueno, Luis Huete, y otros tantos, y a mí nadie me ha transmitido tanta seguridad, tanta fuerza y liderazgo como Fray Francisco de Andrés allí, en aquel magnífico escenario; en el Teatro Romano, al recibir su Orden la Medalla de Oro de la Junta de Extremadura. Cómo mirando desafiante a Juan Carlos Rodríguez Ibarra – y al parecer improvisando sobre su discurso – le vino a decir aquello de “porque la Junta de Extremadura es para los Jerónimos, presidente, el brazo con quien batirse, y el hombro donde llorar”. "Porque ser Jerónimo imprime carácter, una peculiar manera de ser y sentir".
Tal vez, victima de algún encantamiento, todo resultó ser un error de apreciación a la hora de interpretar mi también peculiar lenguaje de signos. En ese giro repetido de muñeca, con el brazo un poco extendido hacia adelante, y la mano maniabierta, entendió usted similitud; algo así como "así, así..., más o menos", cuando lo que yo le quería transmitir eran; "¡Qué va don Rafa! Cinco o diez, tal vez quince - cuando no veinte - los tacos mayor que usted". Lo siento Almirante en Jefe, y no volverá a suceder. Que entre calé y calé…
¡Qué vinazo el 4! Y qué quinto - de cerveza, digo -, nos trincamos a la sombra. Fresquito. ¡Qué choza! Y qué jefa, doña Rosa. ¿Y el restaurante? ¿Y el gazpacho modernista?, ¿Y esa perdiz en ensalada? ¿Y las carnes? ¿Y el sorbete? ¿Y el timbal marinero? Por afinidad, sí; pero de casta le viene al ahijado.
¿Y la compañía? Ya desde un primer momento intuía que la jornada iba a ser épica. Allí, desayunando; tranquilitos, como el que no quiere la cosa, como aquellos que nunca han roto un plato, había que ver los mimos del valeroso Mario, faca en ristre, repartiendo un sugerente biscocho. Además, que traían hasta una preciosa fiera de compañía; Simba. La canalla del Valle bien que se había pertrechado. Y claro, nada más darse la salida neutralizada, combination ataca de largo bajando el puerto, que más que un precioso 900 parecía un joven Induráin descendiendo el Tourmalet; concretamente en el tour del 93, mientras ellos controlaban la carrera. Y claro, nosotros en la cola, con un ese 90 por delante, apurando las frenadas al máximo, y derrapando en todas los trazadas, no había manera de meterle mano. Cuando quisimos reaccionar, ya en el falso llano, no había tiempo. También es verdad que yo no estaba al mando de la nave. Que si no, a las primeras de cambio cojo el secapelos, tiro por derecho y…. megcagsoensoria; ¡En Navalmoral freno!
No estoy exagerando cuando digo que todos nos habéis hecho pasar a Rosa (mi Rosa) y a este deslucido capitán, un rato inolvidable. Por la calidad humana que allí se cita, por los efluvios de inteligencia que me llegaban. Y es que Rubén, Rosa de Jarandilla, Rafa, Cesar, Antonio, Mario, Marcos, Juana María de la Victoria, y José Luis, es mucho Rubén, Rosa de Jarandilla, Rafa, Cesar, Antonio, Mario, Marcos, Juana María de la Victoria y José Luis. ¡Viva la madre que os parió a todos! De verdad.
Decía usted, amigo José Luis, que qué maravilla de amistad. Cierto es. Y como alguien bien dijo, la amistad se nutre de estocadas hombro con hombro, de buenas rondas de vino, y de silencios oportunos. Disfrutemos mientras podamos de esas buenas rondas. De muchos barbos en adobo, de mucho vino y alegría, que cantara don Francisco Palacios (El Pali). Ya sabemos más de alguno que la vida, cuando golpea, lo hace con zarpa de fiera, pero ahí estamos queridos amigos. Y ahí hay que estar.
Viniendo de vuelta, con las colores, entre el bronco batir de los pistones del malagueño, le dije a mi querido amigo Marcos; ¿Marcos, tu que vienes de más lejos: ha merecido la pena? Sonriente y emocionado asintió con la cabeza; gracias a los Saabs, tú y yo nos conocemos, capitán. Y ambos nos pasamos el brazo por encima del hombro, como dos colegiales que acababan de ganan su primer partido. Y fue entonces, cuando yo me quedé tranquilo, sosegado. Arrullado por la mar.
